sábado, agosto 06, 2005

CAPITULOS 1, 2, Y 3 // ГЛАВЫ 1, 2, и 3

PRÓLOGO // ПРОЛОГ
MINSK2 // МИНСК 2
POR FIN // В КОНЦЕ КОНЦОВ

1 comentarios:

Oscar Sin Nick dijo...

PRÓLOGO





Adiós a la nieve civilizada y bienvenidos a la nieve salvaje, la nieve que lo inunda todo, y que es pura rutina, año tras año.
Sin duda lo que más llama la atención de este país es la convivencia de sus gentes con un entorno muy duro, donde poco hay que hacer y menos aún en el futuro, que creo que les va a deparar más rutina.

Viniendo desde Austria salimos de un país que también vive en un entorno difícil, por aquello de la nieve, sin embargo estábamos en Europa. Bielorrusia es el tránsito hacia otra parte del mundo en donde nada de lo que conocemos es igual.
Veo a la gente que no espera nada y no va a ningún sitio. Están resignados a este estilo de vida sin estilo, en manos de un iluminado que cada vez que tiene una ocurrencia cambia la ley y asfixia la nula libertad de sus gentes.

El mito del vodka es cierto. Es el eje central de sus vidas. No hablo de un uso abusivo, que lo hay como en todos los sitios, sino en el hecho cultural de que una ocasión importante ha de girar en torno a un chupito de vodka, preferentemente antes de empezar la comida... aunque al final el objetivo es cuando menos, finalizar la botella ya abierta.

La comida está basada en una economía de guerra, es decir, materia prima barata y condimentos grasos que permiten afrontar el duro invierno y llenar el estómago.
No digo que sea buena o mala comida, digo que está adaptada al entorno, y el entorno es duro y difícil.

Eso sí, aderezada toda ella de la radioactividad de Chernobyl, lo que tiene también su intríngulis.
Incauto de mí, siempre pensé y sobre todo, daba por hecho, que lo de ese accidente afectó en su momento a Ucrania, algo de Rusia, y quizás el sur de Bielorrusia.
La realidad es que las tierras de esos tres países, parcialmente en el caso de Rusia, aún hoy siguen contaminadas, al igual que el sur de Lituania y el este de Polonia, aunque de eso no se hable. Cuando volví a España, en una conversación intrascendente con Natasha, descubría que todo, absolutamente todo lo que comí (y me imagino que también lo que bebí) estaba contaminado de la maldita radiación.
Y es que abrirse al mundo tiene estas cosas. Uno vive con sus problemas típicos de una sociedad occidental, y llegas a un sitio de estos, y ves que además de problemas, viven con este drama… y no es el único.

No me extraña que hayan aceptado bien nuestra comida, aprecian su calidad, pero son prácticos, todos sabemos que estamos en ocasiones especiales y que cada uno volverá a lo suyo. Yo a la civilización y ellos con su radioactividad. Repito, dramático.

Yo estoy encantado con el trato, son educados, respetuosos (mucho), muy cachondos y muy inteligentes.
Me da pena que la vida no les de otras oportunidades, aunque quizás si vivieran en España, no serian como son aquí.
En su mirada se les ve perspicaces, las cogen al vuelo, buscan rápido tu complicidad, les gusta conversar, escuchar, preguntar… es muy fácil sentarse en una mesa con ellos a compartir una charla. Y eso que no hablo ni papa de ruso.

Cuando sales a la calle la cosa cambia. Cuando dejas atrás el umbral de la puerta y te adentras en sus inertes calles semivacías de vida, estas gentes se vuelven entes, sin nada en sus miradas, caminan sobre la nieve en silencio, perdidos en sus pensamientos, rodeados por edificios grises de una fealdad que deprime y que se repiten en cada ciudad medianamente grande.
La alternativa, las DACHAS.
De madera y manteniendo las tradiciones dentro y fuera de sus paredes.

La gente tira del ingenio para racionar lo poco que tienen, ya que no se pueden comprar demasiadas cosas en condiciones a precio razonable.

Aquí la comida dura mas, los manteles duran mas, las sillas duran mas, los cacharros duran más.
A mí me han enseñado alfombras, manteles o sábanas desgastadas pero en buen estado que pueden tener más de un siglo, y así con todo. No cambian lo que no está completamente inservible porque no hay dinero para esos lujos.

Quien tiene un coche, que cuesta un riñón, lo tiene para toda la vida. Sufren el triple que los nuestros y duran diez veces más.

Todo es resistencia, aguantar firme lo que venga, tirar p´alante… vivir aquí es muy duro física y sobre todo psíquicamente.

Pero como decía, la gente en sus casas cambia. He podido conocer unas cuantas y a unas cuantas familias, y siempre ves que hay esperanza.
Tienen las mismas inquietudes que nosotros y las mismas preocupaciones, aunque el entorno en este caso no es nada agradable.
Aquí si tienes un problema te perseguirá 24 horas al día porque no te podrás refugiar en un cine, que no hay, o quedar a tomar una caña con los amigos, muy caro, o ir a cenar con la parienta.
¿Había hablado ya de lo caro que es todo para esta gente?

Aquí si tienes una preocupación te la comes, te la comes enterita, entre cuatro finas paredes, dentro de un edificio gris, gris, gris, siempre sin ascensor, casi nunca con portero automático, y las más de las veces con la cerradura reventada, con lo que en el oscuro portal sin bombilla te podrás encontrar, o no, cualquier cosa.


Esta gente clama en silencio por una oportunidad. Si tuvieran nuestras condiciones de vida se comerían el mundo. De hecho, cuando vienen a nuestro país aprovechan las ventajas de la sociedad occidental, y llevan mucho mejor lo que nosotros llamamos problemas y para ellos no son más que anécdotas, ya que lo que les rodea y su nueva vida… simplemente, no tiene precio.











MINSK2





Y para llegar hasta aquí, hubo que pasar una curiosa peripecia en el singular aeropuerto de Minsk2.
Pobre, abandonado, gris, agreste… desagradable. Es un edificio que te deja muy claro que se acabo la buena vida y que llegas a un sitio donde las cosas cuestan más.
Una mole de hormigón, antiguo aeropuerto militar, desprovisto de cualquier aditivo. Lo justo para que vengan cuatro aviones de la civilización y una mediocre comunicación con otros países del pelo de Armenia o Irán, amén de la omnipresente Rusia.

Para dejarnos claro que esto no es un destino turístico y que no somos bienvenidos, nos espera un comité de bienvenida al pie del avión.
Una tía apunta no se que cojones en su libreta, tres policías buscan pasajeros problemáticos, y otros dos o tres empleados, hasta las narices de trabajar por 50 euros al mes, nos miran sin interés.

Pueden ser prejuicios, pero después de haber vivido entre ellos y ver como piensan y razonan, te das cuenta que cuando visten un uniforme, aunque sea de la limpieza, se vuelven insufribles.

Los apenas 15 o 20 pasajeros que llegamos en medio de la ventisca a este supuesto aeropuerto internacional, parece que estamos solos, que tenemos todo para nosotros.
En la pista, llena de nieve, tres o cuatro excavadoras intentan despejar a duras penas el asfalto.
Se suceden un montón de aviones parcialmente cubiertos por la nieve. Desde lejos dan aspecto de que hay actividad, de cerca se les ve vacíos, apagados y fantasmagóricos… de cartón piedra casi.

Doblegado ante la superioridad policial uno hace ademán de pararse por si acaso le están apuntando en esa libreta.
Sin embargo la elementa que la tiene entre sus manos hace un gesto como de que la fiesta no va conmigo o con los demás.
Es su rutina, apuntar y apuntar. Cuentan, recuentan, apuntan, comprueban, consultan. Todo lleva un lento y absurdo proceso que no hay quien entienda. Sus apuntes y sus papeles no van a ir a ningún sitio, a nadie le importa nada, es todo burocracia, y punto.

Nos subimos a un viejo y maloliente autobús que nos ha venido a buscar al avión.
En el corto recorrido que nos separa de nuestro transporte pisamos la nieve de Bielorrusia, nada que ver con la nuestra. Esta es suave, abundante, polvo, polvo.
Nieva todo el tiempo, es muy continuo y lento habitualmente, aunque en nuestra llegada, quizás para hacernos más desagradable el recibimiento, tenemos la mencionada ventisca.
Que solos e insignificantes, esto es el culo del mundo.

Alcanzamos rápido el edificio de la terminal. Ya estamos en un país post-comunista. Aquí ya es evidente.
No hay ni un solo elemento de más. La pintura justa, la luz justa, sin rótulos electrónicos o carteles indicativos. Podríamos estar en el aeropuerto de Minsk o en un hospital, o en un edificio de apartamentos.
Huele a cerrado, a deshabitado, a solitario, a húmedo… es deprimente.

En medio de un sepulcral silencio nos adentramos en el edificio. Estamos a punto de llegar al control de pasaportes… pero antes hay que conseguir la visa.
Otro chico español y un estudiante chino nos acompañan.
Antes, el chino y yo hemos contactado con nuestros respectivos agentes turísticos, que gestionarán nuestro segundo encuentro con la burocracia bielorrusa, tras lo de la pista.

El suyo es un señor de mediana edad, con pinta de bonachón y gran diligencia.
A mi me espera mi agente turística, adorable por el correo electrónico pero con una apagada presencia en vivo. Mezcla la timidez con la vergüenza que le produce todo lo que nos rodea.
No insinúa nada, pero en sus ojos lleva escrito que ella es la primera que sabe que lo que nos espera… no es normal.

Al chino y a su agente les están mareando durante un cuarto de hora en la ventanilla de visas.
Yo pienso que es cosa de que lo del chino es más complicado por no ser europeo y de que no deben tener toda la documentación preparada… craso error.
Lo que hay al otro lado de la ventanilla es una mujer rubia de algo más de 30 años y con una cara de amargada que fuerza todo lo que puede, de manera que su gesto nos parezca desagradable, muy desgradable.
Apunta, comprueba, escribe, mira, cuenta, recuenta, comprueba, escribe, se levanta, comprueba, mira… y no acaba la tía.
Todo para pegar la visa y obsequiarnos con el recibo de la mordida que hay que darle a este país por entrar.
Entre lo del chino y lo mío hemos perdido ya media hora, y encima el otro español, que está por negocios, me dice que realmente se puede hacer todo el papeleo allí mismo, aunque lo cierto es que él ya ha venido alguna otra vez y eso cuenta.
Claro, tiene merito repetir y esta gente lo sabe.

Siguiente paso, los pasaportes.
Mientras nos dirigimos a este nuevo trámite intento camelarme a mi agente para ver si consigo saber qué ocurre, por qué esta todo tan tranquilo, silencioso y vacío.
Pero no la sacas nada, desvía la mirada una y otra vez. Además no me coge ni una broma. En Bielorrusia no deben saber lo que es la ironía, jo.

Como ya dije más arriba, he descubierto que cuando un funcionario esta de curro, adoptan poses rígidas y de gran seriedad, pero en la intimidad, unos cachondos.
Antes de llegar a lo de los pasaportes esta el seguro obligatorio.
Es barato, apenas 7 euros, pero resulta que la persona que debería estar en el mostrador no está… y resulta que el seguro es obligatorio para pasar la frontera.

¿Qué hacer? Nada, cuando la burocracia en Bielorrusia no funciona, no tiene porque pasar nada. Les gusta complicar mucho las cosas, pero si llegamos a ese punto sin retorno en el que me encuentro en ese momento… pasamos a la siguiente etapa.

Unos ojazos grises y una cara bastante interesante escrutan mi fotografía y mi rostro.
Una mujer policía, de unos 30 años, está ante mí, y tengo que reconocer que esta bastante buena.
Yo la entiendo a la tía, a mí la foto no me hace justicia, gano mas en vivo pero que le voy a hacer.
Durante calculo que un minuto, que a mi se me hace eterno, mira, comprueba, escruta, mira, remira, escribe algo… vamos… lo de siempre.

Con un cierto gesto de contrariedad me devuelve el pasaporte, parece que la ha jodido no poder encontrar algo erróneo, o quizás era un juego que practica con todos los pardillos europeos que intentamos superar esos ojos grises que nos separan de Bielorrusia.
Por cierto, no me dice nada del seguro… será que da igual.

Días después me entero de la peripecia que pasó un ciudadano francés hace un par de años.
El hombre está casado con la mejor amiga de Natasha, Tania, y tuvo la mala idea de venir por su cuenta y volar con Belavia (compañía bandera de Bielorrusia).
Le tuvieron una hora. Le dejaron en pelotas y no le dieron las maletas hasta dos días mas tarde, tras haberlas registrado a fondo.
Él no ha denunciado los hechos, posiblemente porque sabe que tendrá que volver alguna vez, por ejemplo a buscar a la hija de Tania, y no conviene mosquear a las autoridades bielorrusas.
Creo que sobran las palabras, pero se me hiela la sangre pensando en que Dominique tenía embajada donde denunciar, sin embargo la mía esta en Moscú, y no tienen por costumbre coger el teléfono a la primera, o la segunda, e incluso la tercera, (algo que tuve la oportunidad de comprobar mas adelante).

Mientras guardo mis cositas, Natasha está ya en danza.
Con los ojos semillorosos trata de explicar a su policía de fronteras que en España se puede vivir sin visa.
Los dos sabemos que es una media verdad, y que tienen razón cuando se mosquean por no tener sello de entrada y de salida… pero se merecen que Natasha les mienta y les tome el pelo.
Ella sabe que va a pasar, que igual no hay multa y que el pasaporte nuevo no sufrirá alteración alguna en el tiempo.
De todas formas el tiempo pasa muy lento, yo apenas la veo ahora y me centro en mi agente turística.
Seguimos sin estrechar lazos. Sigue esquiva, incluso cuando me dispongo a pagarla, me dice que mejor fuera.
En ese momento me doy cuenta de porqué.

Hay tres o cuatro policías, dos encargados de mirar las maletas y otros cuatro tíos con mala pinta que deben ser o bien de la limpieza o de mantenimiento.
No hacen gran cosa. Miran, hablan entre ellos cuatro palabras y pierden su mirada.
Se quieren ir, somos los únicos pasajeros, a excepción del español que aun sigue tramitando su VISA (me imagino). La chica no quiere una escena de billetes de €uro para arriba y para abajo… así que toca esperar.

Adivino a Katia, mi cuñada, en los cristales que separan a los pasajeros de sus familias.
Está con otros dos chicos, por lo que me imagino que el padre, Tadeus, se ha quedado en casa.
De repente Natasha me saca de mis pensamientos.


Me pide papeles, cualquier papel. En plena ceremonia de la confusión veo que la mujer policía y el jefe de la policía la están diciendo algo de mala hostia y que ella mantiene la compostura. Están muy pesados, pero están a punto de claudicar.
Llego a la conclusión de que lo mejor que puedo hacer es sacar el certificado de matrimonio… y funciona.
Se hace el silencio y en un par de minutos la dejan pasar, sin sello, sin visa y con la sensación de que les han jodido una buena reprimenda.
¿Cómo se ha podido casar esta chica en España? Si os quedáis en Bielorrusia no lo vais a saber capullos.

Momento de confusión.
Se apagan todas las luces, y nos quedamos en una incómoda penumbra, ya que tenemos todas nuestras cosas al alcance de cualquier mano y podríamos quedarnos sin alguna bolsa.
Palabras en ruso, indignación de Natasha, ¿qué cojones pasa? ¿Alguien puede encender la luz?… y se hace de nuevo la luz.

Pero quedan otro par de sorpresas. De repente aparece la de los seguros. Una gorda con cara de rusa corre apresuradamente a través del control de pasaportes con un talonario en la mano. Jadeante llega y cruza unas palabras con mi agente y Natasha. Hala chaval, a pagar lo del seguro. 7 €uros, y a cambio otro papelito mas para la colección. Ya tengo mi seguro.

El último obstáculo hasta mi cuñada es el scanner (construido a mediados de los años cincuenta, más o menos) de las maletas. ¿Algo que declarar? Pues mira no, me tenéis hasta la polla con tanto trámite, así que no tengo nada que declarar, ¿pasa algo? ¿No verdad? Mejor.
Mis pensamientos no difieren mucho de lo que ocurre realmente. Mi agente me pregunta si hay algo que declarar y la digo que tengo ganas de salir del aeropuerto, que la droga la traemos en otro viaje (me mira flipada, no lo ha cogido)… no te jode, que triskas por dios.

Aaaaaah, por fin. Ya echo de menos la civilización, y eso que acabo de llegar.










POR FIN



Primer encuentro emotivo.
Katia y Natasha se funden en un abrazo y se dan algún que otro beso. Intercambian palabras emocionadas y mientras yo le doy la mano a Nikolai y Serguey, los dos chicos que la acompañan.
Nikolai es Kola, su primo primo, el primo con el que Natasha y Katia han compartido la infancia, la adolescencia y todas las gamberradas del mundo. Serguey es nuestro chofer. Por 30 euros recorreremos los 150 kilómetros que nos separan de Smorgon con un curioso tour por Minsk.

El aparcamiento esta salpicado de coches, unos 10 o 15 a lo sumo, y totalmente a merced de la ventisca y la nieve, que lo cubre todo.
Sin cadenas y con dos cojones Serguey arranca su furgoneta Volkswagen y empieza a surcar las rectas e interminables carreteras que nos aguardan hasta Minsk y después hasta Smorgon.

A unos 100 km/h, avanzamos a ritmo endiablado sobre la nieve mezclada con sal y arena que cubren toda la carretera.
En el interior de la furgoneta empiezan a correr el champán y el cerdo sobre rebanadas de pan. Todos flotamos y nos encontramos como en un sueño.
Nastasha no para de hablar con su hermana y su primo, y yo mientras mantengo la mirada pendiente en escrutar la carretera, sobre todo lo que hay fuera de ella, pero es tarde y la noche lo cubre todo.

No tardamos demasiado en llegar a Minsk… y todo en línea recta, apenas recuerdo haber tenido que ir a izquierda o derecha.
La carretera es recta, recta, recta, no tiene perdida. En Minsk adivino algunos edificios, me enseñan un lago, un río, una estación de trenes… y un McDonald’s, símbolo de que todavía hay esperanza de que el capitalismo brutal entre en este país.
Es broma, mejor que no sea brutal, pobrecillos, pero más capitalismo sí, y pronto, PASHALSTA.
De vez en cuando, tanto en nuestro MINSKTOUR como en el resto del camino hasta Smorgon, nos cruzamos con quitanieves y excavadoras quitanieves.
Serguey, con quitanieves o sin ellas, sigue su ritmo.
Nos hemos quedado sin champán, y no pienso abrir mas botellas de vino así que paramos en medio de una calle, a comprar mas champán bielorruso (mejor no probarlo). La nieve lo cubre todo, así que realmente no puedo decir si ha aparcado en línea amarilla o no.
Con el champán calentorro seguimos nuestro recorrido hasta que volvemos a parar otra vez para que Nikolai, Serguey y yo mismo formemos un trío miccionador en medio de ninguna parte a las dos y media de la mañana… en Bielorrusia.
En las inmediaciones de Smorgon atravesamos dos o tres curvas seguidas, que son las únicas que yo recuerdo.
Cuando Natasha adivina en la oscuridad que llegamos las estribaciones de este municipio de la región de Grodno… se emociona, todos suben el tono de voz… no se lo que dicen pero seguro que es algo así como VENGA TIA, QUE LLEGAMOS.

Tras doblar dos o tres esquinas llegamos a uno de los muchos edificios grises grises grises que jalonan las calles de Smorgon.
Como era de esperar, Natasha rompe a llorar… yo la paso el brazo por sus hombros y la doy un beso en la mejilla caliente (alcohol) y húmeda (emoción)… pero ella esta en pleno trance. Son cuatro años y medio, es normal.

Llegamos al portal mas cutre y oscuro del mundo (portal típico smorgones, y me atrevería a decir bielorruso), subimos un par de pisos, dejando al lado los buzones que son la cosa mas cutre que he visto en mucho tiempo… el único con candado es el de mi familia.

Por fin conozco a Tadeus, Ludmila… y Nastia… Nastyusha.

Voy a obviar los lloros y momentos de emoción porque son inenarrables, simplemente puedo decir que es lo mas bonito que he visto nunca… una pasada… en fin, que me emociono solo de pensarlo. El viaje ya ha merecido la pena solo por ese momento.

Katia pulula a nuestro alrededor, Natasha se abraza a Nastia, y Ludmila, con los ojos llorosos empieza a hablarme en ruso.
Yo no paro de sonreír, y digo DA, JARASHO, y poco mas, porque aunque me imagino lo que me dice, no tengo ni idea, así que espero a que Natasha aterrice un poquito.

Y Tadeus… uf, Tadeus es otra historia.
Un hombretón de metro ochenta y cinco, calculo, algo de barriga por su mal habito al vodka, pero conservando su planta de un tío que ha vivido bastante.
Habla lento, pausado, pero con un vozarrón que inunda el edificio. Es muy ruso, aunque realmente nació polaco.
Se le ve con don de gentes. Mezcla cuatro palabras de ruso, dos de ingles y una de español o italiano, y trata de comunicarse a duras penas conmigo.
Sintonizamos desde el primero momento, tanto, que nos repartimos los triunfos en nuestras interminables partidas de DURAK, juego de cartas ruso que no se me da muy mal.
Yo ya me he olvidado del viaje, de los pasaportes, y de la burrocracacia bielorrusa, mientras trato de asimilar todo lo que me rodea.

Ludmila va distribuyendo nuestros bártulos por la casa, mientras entramos al salón, donde irán nuestras maletas y en cuyo sofá cama dormiremos durante nuestra estancia.
Ludmila es una mujer adorable. Me recuerda un poco a la típica ama de cría gallega. Es una mujerona, grande en las proporciones pero aterciopelada en el trato.
Muy dulce, muy humana, y con mucho sentido del humor, aunque eso es generalizado en este país. Profesora jubilada, casi se puede decir que se ha jubilado de ser abuela, ya que le ha tocado ser la madre física de Nastyusha, mientras la de carne y hueso intentaba volver.
Hoy sin embargo, todo esta empezando a encajar en su sitio.

¿Y Nastia?
Bueno, cuando la miras es imposible que no te cruces con sus ojazos mezcla de grises, azules, y en el futuro me imagino que pardos.
Esta un poco paralizada por todo lo que esta pasando, pero a pesar de su inicial rigidez (física, no moral), deja adivinar una princesita de refinados modales, que provoca en mi unas irrefrenables ganas de abrazarla y achucharla, pero me corto. No quiero espantarla el primer día.

En una minúscula mesa para no más de tres personas nos sentamos Natasha, Nastia, Katia, Kola, Ludmila y yo, mientras Tadeus observa todo desde las alturas.
La pequeña mesa esta atiborrada de cerdo, ensaladilla, más cerdo, otra ensalada fresca con arroz y bocas de mar, queso y unas cosas que se hacen con repollo cocido y carne picada… están cojonudas.

Tomemos como referente que esta casa se puede considerar mas bien grande, y sin embargo el apelotonamiento es evidente.
Para dormir invadimos todas y cada una de las habitaciones de la casa.
Y si viniera más gente, que nadie dude que harían sitio.

Natasha me ha contado que antes vivían en un cuchitril con una habitación y un baño, compartiendo la cocina con todo el pasillo.
Después, tras unos años, te dan una vivienda gratis. Así son las cosas por aquí.
Gas gratis también, ya que al Presidente se le ha ocurrido que nadie debe pasar frío por estos lares. De todas formas, no todas sus ocurrencias son así de estupendas.

La primera noche acaba para mi a las cinco de la mañana, y hora y media mas tarde para Natasha… es evidente con quien comparte estas primeras horas en Bielorrusia… son muchos años.

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